Jardín de esculturas

Jardín de esculturas

- Diaporama

    Descubrir el jardín de esculturas del Museo Rodin nos permite comprender la sutil alianza entre naturaleza y escultura. Los florecimientos se suceden al ritmo de las estaciones, creando un escenario vegetal que sublima las obras de Rodin. En verano, la sombra profunda de los árboles invita a disfrutar de un momento de relajación y contemplación en los bancos.

    La alianza de la escultura y la naturaleza

    Diferentes espacios componen el jardín del museo. El jardín de rosas, a ambos lados del patio principal, enmarca al hotel Biron, que alberga las colecciones permanentes. Entre los Inválidos y la Torre Eiffel, enclavado entre los bojes, El Pensador medita sobre su pilar y se enfrenta, al otro lado del jardín, a La Puerta del Infierno. Esta parte del jardín fue diseñada en 1920, después de la destrucción de las dependencias que lindaban con el hotel Biron. 

    Las tres hectáreas del jardín de esculturas despliegan una gran variedad de estilos.  El Monumento a los burgueses de Calais llama la atención a quienes pasan por la rue de Varenne; Ugolino devorando a sus hijos surge en medio del estanque; Orfeo se encuentra en los bosquecillos, y el monumento a Balzac  linda con los Invalides.

    En su época, Rodin ya utilizaba el jardín para presentar sus esculturas. El Museo Rodin perpetúa este patrimonio y le ofrece la oportunidad de descubrir la relación entre las esculturas y el espacio que las rodea. 

    Flores todo el año

    Los florecimientos se suceden a lo largo del año: rosas navideñas en invierno, y en febrero el viburnum rosa da la bienvenida a las primeras abejas. En marzo, las forsythias despliegan su brillante amarillo, seguidas por el azul profundo de los ceanothus. En mayo, la explosión de las rosas transforma el jardín en una auténtica paleta de colores, suavizada por los delicados matices de las hortensias.

    En verano, el aroma de los tilos invade el jardín. A partir de septiembre, las hojas adquieren sus tonalidades doradas. En invierno, la fina silueta de los árboles desnudos confiere un aire nostálgico pero encantador al jardín. Lo justo como para darle ganas de entrar en calor en el café-restaurante "L'Augustine".